El dedo azul



Me encontraba durmiendo el domingo cuando me desperté con un sobresalto en plena madrugada. La razón: el toque de diana, o lo que es lo mismo, una invitación para ir al centro de votación. ¿Es que acaso los chavistas piensan que los opositores son inmunes a ese sonido? ¿Creen que no lo escuchan sino sólo ellos y que los opositores no se van a despertar e ir a votar?

Entonces, comencé a decidir si iba a votar en horas de la mañana o si me arropaba mejor y abría mis ojos más tarde. Cuando fui a tomar la sábana, volvió a sonar la diana. Ganó el buen ciudadano que vive en mí y me levanté.

Afortunadamente había planchado la ropa que me iba a poner, así que me la eché encima y salí a la calle con lo que mi hermana llama mamarracho look (una franela sencilla, unos jeans desgastados, una chaqueta con capucha, una gorra y mi cara sin afeitar)

Llegué al colegio y me puse detrás de alguien cuya apariencia andrógina no me permitía saber si era una mujer muy fea o un hombre horrible. Pero como no iba a entablar conversación con él(la), no me preocupé. Tenía los audífonos puestos y escuchaba música rock a un volumen suficiente como para escuchar el estallido de un carro bomba, pero no de qué hablaba la persona de atrás.

Antes podía conversar en familia mientras llegaba el turno de votar, pero mudaron a mi familia a diferentes centros y quedé como sufragante huérfano. Así fue como mi Sony Ericsson Walkman y yo nos hicimos amigos.

Avanzaba la cola y me acerqué a un puesto de empanadas. No había desayunado, pero no me quería arriesgar a una diarrea matutina en pleno referendo ¿Y si me caía mal la empanadita? ¿Iba a perder mi puesto o me iba a aguantar los retorcijones? Ganó el ser consciente que habita en mí y pasé hambre.

Después de dos horas en cola, pude entrar al centro de votación. Coloqué mis dedos pulgares en la máquina capta huellas y caminé hacia mi mesa de votación. Habían unas con mucha gente, pero en la que siempre votaba lucía desolada. Me emocioné porque iba a salir en un momentico. Pero me desilusioné cuando me percaté que habían alterado el orden de las 345 elecciones de estos últimos tres años. Mi mesa era otra, una que estaba llena de gente.

Resignado, comencé a hacer la cola de la mesa. Mi posición era privilegiada: cerca del baño público. Pude notar que a alguien le había hecho daño una empanadita. En la pared había un grafiti interesante "María, maldita roba novios, zorra. Eres una cualquiera. Te deseo la muerte, sucia" Más abajo, con otra caligrafía "Lo mismo pa' ti" Siempre extrañaré esas dedicatorias escolares entre compañeros.

Al entrar al salón me di cuenta que la cola no avanzaba rápido porque la señora que revisaba la cédula iba tan lento que casi iba en retroceso. Después de ayudarla a encontrar mi nombre en el cuaderno, pude ejercer el voto. Entonces, venía la parte más importante: la tinta. A mí siempre me ha gustado bañarme el dedo en tinta. Me encanta su olor a témpera. Pero la mujer que estaba junto a la tinta no me lo permitió.

Triste, me fui a mi casa a esperar la próxima votación que probablemente será dentro de un mes.

Enviado originalmente el 16 de febrero de 2oo9

1 comentario:

raquel dijo...

te fuiste como un mamarracho? que bolas tienes tu, y si te ve un conocido?